martes, enero 31, 2006

Viudo de Verano

Desde hace más diez años, al momento de cumplir un año mi primera hija y coincidiendo con la construcción de la casa de veraneo de mis suegros en Pingueral, pasé a ser parte del grupo de los denominados "viudos de verano". Todos aquellos que tenemos el regalo de que nuestras familias puedan tomarse vacaciones por periodos más extensos que nuestras propias vacaciones sabemos lo que el concepto en sí significa.

Sin embargo, y más allá de lo que muchos puedan pensar en cuanto al uso que los viudos de verano hacemos de nuestras vidas, este es un periodo lleno de reflexiones. Es el tiempo en que nos damos cuenta cuánto echamos de menos y necesitamos a nuestras familias y cuanto nos gustan sus cariños, risas y movimientos. También quizás el momento apropiado para aterrizar todo aquello que no está tan bien y, en muchos casos, renovar nuestra intención de hacer algo para mejorar.

Para mi en lo personal es un tiempo de encuentro. Es la época del año en que, sabiendo todos mis amigos que estoy solo en Santiago, me llaman para convidarme a comer a sus casas o salir a tomar algo para conversar la vida. Es siempre un tiempo rico en conversaciones y divagaciones; es un tiempo para sentirse querido y acogido por ese grupo de personas tan importantes en nuestra vida, en mi vida, que son mis amigos. Año tras año he visto como se llena la agenda de invitaciones de todos ellos para hacerme sentir especial, acompañado. Muchas veces he elegido estar solo pero, sin embargo, agradezco la preocupación y el detalle muy profundamente.
Estar solo me gusta, lo disfruto, me entretengo pero, sin embargo, también me descompenso, me siento a ratos fuera de mi centro, de ese centro que mi señora es capaz de generar en mi día a día a través de los años y que me hace sentir tan bien. Es ese equilibrio y paz interior que me regala la vida en familia y la vida en pareja.

Por eso, viudo de verano ... bien ... pero el resto de tiempo mejor aún.

martes, enero 17, 2006

Historias de mi vida I

"Tengo 8 años y vivo en un barrio nuevo de Concepción llamado Lonco Norte. En él me siento a mis anchas porque todavía hay mucho espacio libre, con sitios en construcción - ideal para la guerra de terrones -, grandes pastizales y, lo que es mejor aún, con un bosque abierto que nos rodea para jugar, construir clubs, subirse a los árboles y descubrir lugares misteriosos y fascinantes.
Junto a Lonco Norte hay otro barrio ya consolidado llamado Lonco Oriente. En él viven compañeros de colegio y amigos de mis papás por lo que también me es muy familiar y entretenido de visitar, sobretodo esa cueva escondida entre los árbustos, a la subida del cerro, que sólo algunos conocemos.
La separación entre uno y otro es sólo un camino de tierra denominado el camino a la cantera porque por él transitan los camiones con su carga desde y hacia este lugar, que queda al final del camino. Muchas veces he recorrido este camino con mis amigos - sin que los papás lo sepan - porque hay un almacen en donde nos gusta ir a comprar calugas y masticables por algunos centavos de escudos.
Hoy tengo una misión y es vender todos los números de la rifa de mi colegio. Ya hemos recorrido con mi hermano Eduardo, dos años mayor que yo, y su amigo Max - quien sin ningún problema me prestó su bicicleta nueva - todas las casas de Lonco Norte pero, como todavía son tan pocas, no alcancé a venderlos todos así que decidimos ir a Lonco Oriente a vender lo que nos falta.

Como soy un niño bueno le cuento a la mamá mi plan, quien con un rotundo y exagerado no - junto a un sinfin de otras palabras - me cierra las posibilidades de completar mi misión.
Pero como yo sé que soy bueno ... pero no tanto, aquí voy en la bicicleta de Max, y Max y Eduardo algunos metros más atrás caminando, camino a Lonco Oriente.
Estoy llegando al cruce, me detengo, veo a un lado y otro antes de cruzar y como estoy seguro que nada viene ... avanzo.
Sólo siento un grito profundo que se funde con un golpe seco, duro, que diría no me duele y que sólo me hace desaparecer por unos segundos de esta realidad. Que ahí donde estaba ya no estoy. Que ahí donde estaba sólo hay unos fierros retorcidos que hace pocos instantes eran una bicicleta. Abro los ojos y me doy cuenta que estoy algunos metros más allá, cruzando la calle de tierra, junto a un poste. Sólo entiendo lo que pasó cuando veo un camión tolba gigante y sin carga, detenido cien metros más adelante del lugar por donde iba cruzando. Yo tengo claro que los camiones cuando vienen con carga avanzan muy lento pero también sé que ellos se desquitan cuando vienen de regreso sin ninguna carga y avanzan a toda velocidad. Este fue el caso.
Abro lo ojos y en silencio escucho los gritos del chofer del camión, visualizo la imagen de mi hermano y avanzo para recoger los fierros retorcidos. No digo nada, no siento nada. Sólo empiezo a caminar con los fierros retorcidos en mis dos manos. No veo a nadie ni siento nada. Sólo avanzo. Sólo quiero llegar a mi casa".

Ya han pasado muchos años de este episodio de mi vida. Todavía me cuesta imaginar cómo fue que el camión, al pegarme en el hombro, me lanzó hacia arriba y no hacia abajo como la lógica lo indica. Muchas veces me imaginé que el tamaño del camión estaba directamente relacionado con mi imaginación de niño y que quizás sólo era un camión pequeño que venía a 20 kms. Después de muchos años, ya viviendo en Santiago, volví a Concepción y visité mis antiguos barrios de niño. Me paré en el mismo cruce y volví a ver desde fuera lo que probablemente mi hermano vio a sólo unos metros. Los grandes camiones seguían pasando por el lugar y al mismo exceso de velocidad en medio de un barrio ahora ya consolidado.
Hasta el momento en que no entré en mi casa no me había percatado que se me había roto la ropa en algunas partes y que tenía un pequeño tajo en la espalda y otro mayor en la rodilla. Pero además de estos detalles, no había nada más. No lo recuerdo pero la mamá me cuenta que me llevaron a la clínica para una revisión completa y que no encontraron nada.
A través de este accidente que finalmente no tuvo mayor importancia en lo físico y el aprendizaje de que nunca hay que desobedecerle a la mamá, se me hace nítida la presencia de Dios en mi vida. De alguna manera es como si un ángel me hubiera tomado en sus brazos para que yo no sintiera dolor alguno y sólo cerrara los ojos para abrirlos momentos después que todo hubiera pasado.

Hoy desde mi perspectiva de padre, le pido a Dios que sus ángeles cuiden y cobigen a mis hijos como en ese día en especial me cuidaron a mi y, probablemente, lo han hecho durante toda mi vida.

Historias de mi vida

Todos tenemos siempre algo que contar. Sin embargo, la decisión de hacerlo no es simple, sobretodo cuando se tratan de momentos difíciles, a veces dolorosos o que marcaron de alguna manera profundamente nuestras vida, mi vida.
He tomado el riesgo de contar algunos hechos como un acto de gratitud a Dios, como una manera de reconocer públicamente y sin pudor cuánto amo la vida, esta vida que es un regalo que debemos saber aprovechar, disfrutar y enriquecer día a día. Sé que muchas veces no he sido precisamente un ejemplo de lo que digo pero la sola declaración me alimenta el alma y renueva mi compromiso.
Veremos que sale de todo esto ...

lunes, enero 16, 2006

A veces tengo miedo ...

Cuando era un niño solía despertarme asustado durante la noche y me costaba tremendamente quedarme dormido nuevamente. Mis sueños y desvelos habitualmente tenían como centro dos grandes "sustos" : el primero siempre se relacionaba con la pérdida de mis padres. Esa sensación de abandono e indefensión que lograba imaginar y sentir por adelantado era de un dolor inimaginable, más aún bajo la visión de un niño. El segundo, estaba repetitivamente relacionado con con el espacio infinito, aquel que no se acaba nunca, a través del cual puedes viajar cientos de miles de millones de años y que así y todo nunca termina. Un espacio de oscuridad, sin referentes conocidos y sin vuelta atrás al no haber un atlas que te indique el camino de regreso a casa.
Con los años esos miedos fueron desapareciendo pero probablemente marcaron profundamente mi orientación en la vida.
Sin lugar a dudas no existen los padres perfectos pero los míos fueron los perfectos padres para mí. Este es un descubrimiento que he hecho con los años, en algunos casos en un proceso de construcción paulatino y en otros a través de entendimientos reveladores en un momento particular. El temor infantil a perderlos ha dispuesto y orientado mis esfuerzos a no querer perderlos. Aunque obvio, los esfuerzos son distintos. Es el valor de la familia lo que ha orientado mi vida en múltiples sentidos. Por un lado, aceptar a mis padres tal cual son, llenos de virtudes y también con sus defectos, pero por otro, también plantearme el padre que yo quiero ser para orientar la vida de mis hijos que tanto amo.También es el estar atento a esos miedos que ellos tendrán (y ya tienen) en la vida, no para evitárselos sino simplemente para acompañarlos y hacerlos sentir profundamente amados.El gran valor de amar en vida permite la proyección de este amor después de la muerte, cuando uno ya no esté.
Mi temor al espacio infinito y a la oscuridad me permitió establecer en lo más profundo de mi ser una búsqueda continua de la luz, esa luz que te acaricia, te cubre, te protege y te permite ver dentro y fuera de tu alma. Esa luz es la que me ha permitido atreverme a traspasar barreras más allá de lo que desde mi visión de niño hubiera pensado iba a traspasar. Ha sido el descubrimiento de Dios en mi vida, con todo el amor infinito que El puede cobigar para nuestro bien y el de todos. Es una luz que se comparte y que nos inunda. Es la luz que nos permite abandonar el miedo para seguir adelante. Es la luz que permite volver al centro y reencontrarnos con nuestra paz interior.

Hoy también tengo miedo, muchos miedos a veces. Miedo a no poder, a no ser capaz, a defraudar al otro desde el amor. Y cada día, quizás gracias a esos, mis primeros miedos, descubro mis centros vitales y los puntos de enrgía para tratar de superarlos : la familia y la luz de Dios en mi vida.

A veces tengo miedo ... pero no me da miedo reconocerlo.