martes, enero 17, 2006

Historias de mi vida I

"Tengo 8 años y vivo en un barrio nuevo de Concepción llamado Lonco Norte. En él me siento a mis anchas porque todavía hay mucho espacio libre, con sitios en construcción - ideal para la guerra de terrones -, grandes pastizales y, lo que es mejor aún, con un bosque abierto que nos rodea para jugar, construir clubs, subirse a los árboles y descubrir lugares misteriosos y fascinantes.
Junto a Lonco Norte hay otro barrio ya consolidado llamado Lonco Oriente. En él viven compañeros de colegio y amigos de mis papás por lo que también me es muy familiar y entretenido de visitar, sobretodo esa cueva escondida entre los árbustos, a la subida del cerro, que sólo algunos conocemos.
La separación entre uno y otro es sólo un camino de tierra denominado el camino a la cantera porque por él transitan los camiones con su carga desde y hacia este lugar, que queda al final del camino. Muchas veces he recorrido este camino con mis amigos - sin que los papás lo sepan - porque hay un almacen en donde nos gusta ir a comprar calugas y masticables por algunos centavos de escudos.
Hoy tengo una misión y es vender todos los números de la rifa de mi colegio. Ya hemos recorrido con mi hermano Eduardo, dos años mayor que yo, y su amigo Max - quien sin ningún problema me prestó su bicicleta nueva - todas las casas de Lonco Norte pero, como todavía son tan pocas, no alcancé a venderlos todos así que decidimos ir a Lonco Oriente a vender lo que nos falta.

Como soy un niño bueno le cuento a la mamá mi plan, quien con un rotundo y exagerado no - junto a un sinfin de otras palabras - me cierra las posibilidades de completar mi misión.
Pero como yo sé que soy bueno ... pero no tanto, aquí voy en la bicicleta de Max, y Max y Eduardo algunos metros más atrás caminando, camino a Lonco Oriente.
Estoy llegando al cruce, me detengo, veo a un lado y otro antes de cruzar y como estoy seguro que nada viene ... avanzo.
Sólo siento un grito profundo que se funde con un golpe seco, duro, que diría no me duele y que sólo me hace desaparecer por unos segundos de esta realidad. Que ahí donde estaba ya no estoy. Que ahí donde estaba sólo hay unos fierros retorcidos que hace pocos instantes eran una bicicleta. Abro los ojos y me doy cuenta que estoy algunos metros más allá, cruzando la calle de tierra, junto a un poste. Sólo entiendo lo que pasó cuando veo un camión tolba gigante y sin carga, detenido cien metros más adelante del lugar por donde iba cruzando. Yo tengo claro que los camiones cuando vienen con carga avanzan muy lento pero también sé que ellos se desquitan cuando vienen de regreso sin ninguna carga y avanzan a toda velocidad. Este fue el caso.
Abro lo ojos y en silencio escucho los gritos del chofer del camión, visualizo la imagen de mi hermano y avanzo para recoger los fierros retorcidos. No digo nada, no siento nada. Sólo empiezo a caminar con los fierros retorcidos en mis dos manos. No veo a nadie ni siento nada. Sólo avanzo. Sólo quiero llegar a mi casa".

Ya han pasado muchos años de este episodio de mi vida. Todavía me cuesta imaginar cómo fue que el camión, al pegarme en el hombro, me lanzó hacia arriba y no hacia abajo como la lógica lo indica. Muchas veces me imaginé que el tamaño del camión estaba directamente relacionado con mi imaginación de niño y que quizás sólo era un camión pequeño que venía a 20 kms. Después de muchos años, ya viviendo en Santiago, volví a Concepción y visité mis antiguos barrios de niño. Me paré en el mismo cruce y volví a ver desde fuera lo que probablemente mi hermano vio a sólo unos metros. Los grandes camiones seguían pasando por el lugar y al mismo exceso de velocidad en medio de un barrio ahora ya consolidado.
Hasta el momento en que no entré en mi casa no me había percatado que se me había roto la ropa en algunas partes y que tenía un pequeño tajo en la espalda y otro mayor en la rodilla. Pero además de estos detalles, no había nada más. No lo recuerdo pero la mamá me cuenta que me llevaron a la clínica para una revisión completa y que no encontraron nada.
A través de este accidente que finalmente no tuvo mayor importancia en lo físico y el aprendizaje de que nunca hay que desobedecerle a la mamá, se me hace nítida la presencia de Dios en mi vida. De alguna manera es como si un ángel me hubiera tomado en sus brazos para que yo no sintiera dolor alguno y sólo cerrara los ojos para abrirlos momentos después que todo hubiera pasado.

Hoy desde mi perspectiva de padre, le pido a Dios que sus ángeles cuiden y cobigen a mis hijos como en ese día en especial me cuidaron a mi y, probablemente, lo han hecho durante toda mi vida.

5 Comments:

Blogger Peter said...

Es increible la mano de Dios en todo; tambien me toco verla de cerca en el caso de mi hijo.
Sin embargo tu tienes un angel de la guarda grande y muy aperrado...

11:21 a. m.  
Blogger Gabriel said...

Uff que gran salvada; que grandísimo susto para los que iban contigo ese día, una imagen que de seguro nunca han olvidado; y esa bicicleta que parece recibió todo el impacto en cambio tu, volaste sin daños mayores.
Eres entonces otro "sobreviviente" con lo que ello significa.

12:56 p. m.  
Anonymous Carola Fuentes said...

Pato:
Mi visión de hermana es como que yo también hubiera vivido ese instante (aunque no fue así), por lo que tu y la mamá nos han contado siempre... y hay un punto que si coincido por tener felizmente la misma mamá: intuitiva, asertiva y hasta me atrevo a decir predictora...Nunca le desobedezca a ÉSTA mamá, que yo creo que finalmente es el instinto de protección que nace siendo padres y que ahora que los dos lo somos lo entendemos perfectamente, pero que como niños ("buenos" ambos) solo nos bastó un accidente menor (gracias a Dios)a cada uno para que nos quedara clarísimo.

1:44 p. m.  
Blogger Juan Fco. said...

Pato, además de agradecer a la Providencia de salvarte (sino no te conocería), te quiero contar que la imagen descrita de Concepción me evoca un recuerdo reciente de lo maravilloso que es vivir en un lugar de escala humana. Para muchos Concepción no es el lugar más bonito de Chile, pero la verdad es que los elementos estéticos no son relevantes. Lo importante son las experiencias vividas y las emociones que se reviven en el recuerdo (...sorpréndete con el servicio?...). Yo me enamoré de Conce. Te agradezco conocer tu suerte y de hacerme recordar buenos momentos vividos.

10:09 a. m.  
Blogger Iris said...

Patricio, desde la nota de Gabriel sobre "egoísmos y prejuicios, Madre que estás en los cielos", me traslado hasta tu blog y desde esta nota tuya, viajo hacia tanto tiempo atrás, ¿año 72, 73?

...recuerdo aquellos tiempos, aquellos lugares, que hermosamente describes, tu con 8 yo con 12, recorriendo los mismos caminos, comprando las mismas calugas en el negocio camino a la cantera, ¿nos habremos cruzado alguna vez?. Tú sufres un golpe atroz, producto de no ver un camión de esos tremendos que transitaban hacia y desde la cantera, yo sufro otros, diferentes, a ti te acercan a Dios, a mi me alejan.

Tengo el estómago apretado, me pregunto ¿ambos a salvo de aquellos golpes? Tú aún recuerdas, yo aún recuerdo.

Que increible, recorrimos los mismos lugares muchas veces y nunca coincidimos, ahora, tú en Santiago, yo en Conce y podemos coincidir, gracias a una nota de Gabriel.

Saludos,
Iris

6:41 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home